Un día lloraste de pie junto a la ventana rogando a la Luna jamás despertar, un día rogaste por un nuevo amanecer, y ella lo concedió.
Y aconteció que un hombre dulce abrió tu puerta y despertó aquella alma dulce y amorosa que mantenías oculta bajo la cama. El te tomo entre sus manos, beso tu mejilla y comenzaron a bailar. Sus pies se coordinaban con la gracia de las flores al danzar con el aire, tus manos y las de él cruzaron, sus dedos uniéndose bajo la palabra eternidad, el mundo no giraba mas, el tiempo se detuvo y la luz no dejo de brillar.
Un día despertaste y el mundo brillaba tanto a tu alrededor que te comenzó a cegar; aquel hombre tenia dulce voz y solo su sonido dejaste entrar, todas las voces callaron para ti ante el, solo existía una realidad y era la que emanaban sus labios. No dudo que lo hayas notado, pero tu alma se esclavizo ante el amor.
Y después que callo la tarde el príncipe cambio su tono, su voz grave llego hasta tus oídos y raspo su imagen; entre sus ojos azules no se reflejaba ya la ternura y el amor, se opaco el brillo de esa hermosa mirada. Se levanto de aquel pedestal y arranco las cortinas que cubrían al verdadero sol y con la verdadera luz su brillo se opaco, acaricio tu rostro pero sus manos eran ásperas, aquel viejo recuerdo se disipo con la realidad, el velo se callo demasiado rápido y no lo pudiste asimilar.
Y nuevamente tu rostro se postro sobre la frialdad del marco de la ventana, tus ojos se fijaron a la obscuridad del cielo y, no había mas Luna a la cual rogar. Las estrellas tan calladas como siempre solo te vieron con compasión y en el largo camino de nuestros sueños descendió él hasta caer en la suavidad del mar; su intensa luz ilumino todo tu rededor mas tus ojos no lastimo, y con gran suavidad se acerco a tu mejilla y te beso. A tu oído revelo el secreto de que el amor jamás llego; te recostó entre sus brazos y con fuerza te hundiste en su pecho, tus lagrimas no dejaron de brotar.
Al huir la noche de los rayos del sol despertaste hundida en la arena abrazada de un pequeño montículo de ella, tus lágrimas aun seguían marcadas en el suelo, el sol acariciaba tu espalda y tus ojos no pudieron volver atrás; tu realidad se desintegro, tu mundo no era real.
Y aconteció que un día una bella mujer caminaba por una vieja ladera, sin rumbo, sin ninguna conciencia del mundo, y todas las tardes paseaba a orillas del mar dejando acariciar por la espuma sus pies descalzos. Jamás encontró el camino de regreso, jamás encontró su vieja verdad, aquella donde el paraíso se hizo realidad.

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