Jamás supe lo que significa para ella la muerte, jamás entendí que buscaba en ella, lo único que comprendo es que la encontró.
Tus manos débiles y pálidas dejaban ver una tonalidad purpura, fúnebre y delirante. Una sonrisa obscura y triste se dibujaba en tus labios; en tu labio inferior una mueca de dolor, una beso escondido entre el rosado ya pálido, una lagrima que contorneaba tus bellos labios. Recuero la fuerza con la que sostenías mi mano, tan débil como tu espíritu. Y sonreía y me mentía, me decía a mí mismo que todo saldría bien; al pasar el día imaginaba tus pasos rompiendo la luz del sol dibujando una sombra con dulces curvas en mi alfombra, te veía secando mis lágrimas con tus manos cálidas y rosadas, pero cada quien tiene que volver a su realidad, y mi realidad es solo un reflejo de la mortalidad de tu ser. Tu cuerpo tendido sobre una cama de hospital, tus manos perforadas por agujas y una máquina para respirar. Siempre me pregunte si resistías tanto dolor por mí, si deseabas irte, si deseabas darte por vencida y ser abrasada por la muerte, respirar en la paz y dejar todo sufrimiento atrás, pero solo me lo pregunte. Veía tu rostro con esos repulsivos gestos que solo da la muerte, veía esa hermosura de la que alguna vez me enamore decaer en el silencio, veía tu rostro triste y pálido, veía la muerte en el brillo opaco de tus ojos; te juro que deseaba tenerte junto a mí pero alguna vez mi mente pidió a gritos que te fueras, y cada día antes de entrar a tu habitación mis manos temblaban mientras mis lágrimas corrían lo más rápido que podían por mi mejillas; sentía el frio contrastar con la blancura de las sabanas que cubrían tu cuerpo, veía tu intento de sonrisa y respondía con la mejor que pude dibujar; y juro que mis lágrimas estaban al borde de mis parpados escondidas entre mis pestañas gritando que desaparecieras. No imaginas el dolor de verte cada mañana, de observar tu muerte con impotencia, de sentir mis lágrimas ahogarme cada noche al apagar la luz, de escuchar los gritos de mi alma que me rogaban no regresar jamás, no imaginas el sentimiento que se alojaba en mi garganta y me impedía hablar; solo escuchaba tus promesas de un futuro que ambos sabíamos jamás iba a llegar.
Y las hojas de otoño caían una a una, tonos dorados y obscuros, un amarillo mezclado con café; recuerdo el crujir de cada uno de mis pasos, el frío acogedor de la tarde; recuerdo aun entrar por esa puerta fría al contacto, recuerdo las miradas indiscretas de los presentes, recuerdo a una mujer apoyar su rostro en el pecho de un hombre y como las lágrimas de este humedecían el cabello castaño de la desconsolada mujer; recuerdo los gritos y sollozos de una madre frente a la pared; recuerdo las palabras de un hombre con bata blanca a un par de adolescentes, recuerdo sus caras atónitas llenas de dolor. Y mis pasos se detuvieron frente a la puerta de tu habitación, una persona toco mi hombro y sentí alivio. Lamento admitir que mi alma sintió paz; sus palabras ciertamente ya no eran necesarias. Una lágrima tras otra. Perdóname si parece insensibilidad pero ambos sabíamos que sucedería; esperaba que fuera de la manera más hermosa, la más delicada y dulce que la vida te pudiera regalar. Rogaba a Dios que me perdonara por no sostener tu mano mientras tu aliento se escapaba; siempre supe que tu entenderías amor, siempre supe que tu tenías cuenta de cómo mi luz se apagaba, de cómo mi fe decaía, de cómo mis esperanzas se reducían a solo cenizas, y ciertamente no quería que observaras el reflejo de tu muerte en mí, no quería que vieras tu rostro fúnebre y delirante. Sabía que sufrirías como yo, porque amor mío, llegue al límite donde el alma se materializa en delicado cristal y cae al suelo convirtiéndose en polvo, polvo que el aire de invierno se llevó y aquí solo queda de pie un cuerpo vacío suplicando misericordia, suplicando solo tener un un poco de fe.
Colores cálidos mezclados con un intenso frío en el alma. Vaya melancolía. Me vienen a la memoria esas tardes en las que sentarse en un campo viendo cómo se va el sol y deja caer la noche, produce una tristeza en nuestro pecho, a veces obligándonos a dilapidar lágrimas que considero innecesarias. Y eso que el sol es un antidepresivo natural…
ResponderEliminarUna muerte. Ya no hay vuelta atrás, jamás volverá. Es entonces cuando llegan los recuerdos y nos hieren. Vives por segunda vez aquellos bellos e intensos momentos en los que un día fuiste feliz y no eres quién de saber si podrás volver a serlo. Miedo. Temor a no volver a ver dibujada una sonrisa en tus labios, pavor al proyectar lágrimas sin fin deslizándose por tu rostro. Es triste. “¿Qué va a pasar ahora?” pensarás. Y nadie te dará pautas para seguir hacia delante. La soledad reinará a tu alrededor y tu temor se convertirá en tu realidad. O quizá no… Depende de ti.
Carpe diem!