Le recuerdo tan dulce y fragante como la primavera al apagar el invierno.
Los días transcurrían con cierto tono de similitud deseando que en alguno de ellos hubiese un cambio, por más pequeño que fuese lo agradecería. Su faz ilumino el día tan gris con el que culminaba la crudeza invernal, sus pasos sonaban de una manera tan rítmica que resultaba agradable esa mezcla tan suave del caer de sus pies sobre la hierba húmeda y el latir de su corazón; deseo tanto revivir aquellos instantes, tan solo quisiera repetirlo de nuevo en mi mente tal y como sucedió pero, cada vez que mis pestañas se unen e intento de volver a aquel día tu rostro deja de ser rosado y vivaz y se muestra tal cual es ahora: azul y frio.
Encantador como la sonrisa infantil de un pequeño bebe en brazos de su madre, tan embriagante como el aroma de los jazmines en la brisa del amanecer, tan delirante como en deseo que tengo de volver a amarte con la misma intensidad que en mi juventud; hoy amor mío te desprecio.
El amor es un sentimiento tan basto que jamás podría desaparecer pero igualmente es tan complejo que cambia de una manera tan drástica e increíble que resulta imposible creer que se trate del mismo sentimiento; el odio y el amor son el mismo ser. Es tan fácil percatarse de ello pero queremos evadir dicha idea, ¿acaso no comparten la misma intensidad?
El tiempo no parecía existir cuando estaba a tu lado, los segundos en los cuales me refugiaba en tu regazo parecían eternos, sentía que el mundo comenzaba a consumirse en la frialdad de la humanidad más yo me encontraba a salvo cubierto por tus suaves y tibias manos, por el amor tan inmenso que crecía entre los dos. Debo decirte que hoy aborrezco dicha imagen. Así como la primavera asesino el invierno de una manera bella y exquisita, esta abrió paso al verano, el cual fue traicionado por aquella estación reflejante de muerte y decadencia de todo lo bello y hermoso, ¿pero acaso la muerte no es hermosa?
Las hojas doradas bajo mis pies, las copas de los arboles vacías, flores marchitas; todo era dorado y café, todo era tan hermoso como la muerte misma. Nuestro dulce amor duró poco; prometía la eternidad más sin embargo careció de firmeza y voluntad. Tal vez fue en un intento de mi mente de no sufrir más en el cual escondió en lo más obscuro de mis pensamientos el recuerdo ya inerte de tu fallecimiento; eh olvidado por completo aquel día, son borrosas las imágenes que tengo de ti recostada en una cama de hospital con el rostro pálido y temeroso, recuerdo que por más que trataste de sonreír en tus labios se formaba un gesto aborrecible a la vista que dejaba ver tu trágico final, por más que me prometiste que no te dejarías vencer, que tu jamás me abandonarías, por más que tus manos se aferraron a las mías tus ojos no me engañaban: estabas cansada, cansada de luchar, cansada de vivir con una condena que tarde o temprano tendrías que cumplir; tu fe era decadente, como una luz mortecina que brilla en la inmensa bruma de la noche, que se arrastra por la inmundicia de la ciudad y decae a tal grado de desaparecer por completo, pero justo en el momento en que una de mis lágrimas caía en tu pecho esta luz se encendía, no con la intensidad que desease pero si la suficiente para concebir la paz en mí. Estaba tan ciego que aun la mísera fe que guardabas en nuestro amor me complacía al grado de aun soñar un futuro a tu lado. Las horas pasaron y no recuerdo ni los diálogos ni las imágenes que transcurrieron en ellos, aunque en ocasiones, en muy pocas ocasiones, estas me abruman en la vulnerabilidad de mis sueños, de mis pesadillas; te veo viva y fragante, soñadora y risueña como el día en que las rosas florecieron ante la gracia de tu danza y al instante siguiente te veo recostada sobre una caja de madera con el rostro repleto de gestos plásticos y exagerados, como si esa paz que mostraras era solo una máscara para ocultar el horror que albergabas dentro.
Las hojas doradas bajo mis pies, las copas de los arboles vacías, flores marchitas; todo era dorado y café, todo era tan hermoso como la muerte misma. Nuestro dulce amor duró poco; prometía la eternidad más sin embargo careció de firmeza y voluntad. Tal vez fue en un intento de mi mente de no sufrir más en el cual escondió en lo más obscuro de mis pensamientos el recuerdo ya inerte de tu fallecimiento; eh olvidado por completo aquel día, son borrosas las imágenes que tengo de ti recostada en una cama de hospital con el rostro pálido y temeroso, recuerdo que por más que trataste de sonreír en tus labios se formaba un gesto aborrecible a la vista que dejaba ver tu trágico final, por más que me prometiste que no te dejarías vencer, que tu jamás me abandonarías, por más que tus manos se aferraron a las mías tus ojos no me engañaban: estabas cansada, cansada de luchar, cansada de vivir con una condena que tarde o temprano tendrías que cumplir; tu fe era decadente, como una luz mortecina que brilla en la inmensa bruma de la noche, que se arrastra por la inmundicia de la ciudad y decae a tal grado de desaparecer por completo, pero justo en el momento en que una de mis lágrimas caía en tu pecho esta luz se encendía, no con la intensidad que desease pero si la suficiente para concebir la paz en mí. Estaba tan ciego que aun la mísera fe que guardabas en nuestro amor me complacía al grado de aun soñar un futuro a tu lado. Las horas pasaron y no recuerdo ni los diálogos ni las imágenes que transcurrieron en ellos, aunque en ocasiones, en muy pocas ocasiones, estas me abruman en la vulnerabilidad de mis sueños, de mis pesadillas; te veo viva y fragante, soñadora y risueña como el día en que las rosas florecieron ante la gracia de tu danza y al instante siguiente te veo recostada sobre una caja de madera con el rostro repleto de gestos plásticos y exagerados, como si esa paz que mostraras era solo una máscara para ocultar el horror que albergabas dentro.
Y un día observe mi reflejo frente a la opaca visión de un espejo: a pesar de la tenue luz que había en la habitación, dada por el hecho de que las cortinas se encontraban completamente cerradas dejando escapar entre los espacios vacíos tenues líneas luminosas, casi muertas por la frialdad de aquel cuarto magistralmente vestido de luto; me vi como un cadáver. Mis ropas eran obscuras y melancólicas, mi sonrisa estaba muerta, mis ojos habían perdido su brillo y mis labios su sensualidad, todo en mi daba la sensación de pena y muerte, de dolor y sangre; el contemplarme a mí mismo en esas circunstancias causo en mi aberración ante lo grotesco de esa imagen: el joven soñador y risueño, la viva imagen de la juventud y la gracia, todo en mi había muerto, aun la voluntad de vivir.
Ignoro la razón por la cual decidí o más bien reprimí el deseo de morir, lo único que logro recordar es que ese día destroce de un golpe ese espejo junto a los demás que se encontraban en mi habitación, así como todo objeto que osara recordarme lo miserable de mi vida; destruí todo aquello que me cuestionara de mi existencia, ya que esta se encontraba vacía y sin sentido, se encontraba muerta. Jamás pude comprender él porque apareciste en mi vida y más aún el porque me dejaste formara parte de ella consiente tú de que el final era inevitable; hubiese aceptado todo con mayor resignación, con mayor entendimiento si tan siquiera tu hubieras luchado un poco más, no es que no comprendiera tu estado, lo conocía perfectamente, sabia tus limitaciones y tus pesares, pero conocía tu fuerza y me di cuenta que te dejaste rendir fácilmente, que no tuviste la voluntad de luchar aún más, que antes de que tu cuerpo sucumbiera ante el inevitable desenlace de todos los mortales, tú, ya habías sacrificado tu fe. Al llorar al pie de tu cama, recostado sobre la frialdad de las sabanas cruelmente teñidas de blanco, de un color tan intenso, tan puro y contradictorio a todo lo que este representaba, solía rogar por tu fortaleza, solía pedir que comprendieras mi amor y lucharas por nosotros, y aun sabiendo que tu final era inevitable habría en mi la imagen de una mujer que jamás titubeó un segundo en luchar por lo que ama y no hubiera dudado jamás de tus sentimientos; ahora suelo preguntarme si tu amor fu veraz, ya que alguien que ama no sería responsable de tal acto de crueldad hacia alguien más, hacia la persona que ama. Daría mi vida para que al cerrar mis ojos por la presión del cansancio y del dolor, pudiera ver tu imagen y fijar mi interés hacia tu mirada y encontrar en ella un brillo que refleje valor, que me de esa seguridad de que trataste hasta el último momento de permanecer a mi lado.
Han pasado ya muchas estaciones, he visto tantas veces florecer y marchitarse a las musas del campo, he visto como tiñen de colores sus praderas y como sucumben a la frialdad de la nieve, tan blanca y radiante como las sabanas que cubrían tu cuerpo inerte; ha transcurrido tanto tiempo que he olvidado la presencia de este; olvide aquel día en que tu nombre se escribió sobre la piedra que cubre tus restos; olvide la última noche en que pretendí hablar contigo cuando simplemente conversaba con un puño de tierra húmeda; olvide el color de las ultimas rosas que arroje sobre tu tumba; olvida nuestra canción y todo aquello que ame; me olvide de mi existencia al grado de aborrecer mi recuerdo; me olvide de todo lo que existió y existe e ignoro todo lo que existirá, tan solo deseo un día más, un día en el cual albergarme otra vez en tu regazo y llorar desconsoladamente en el calor de tu pecho, tan solo quiero una vez más sentir tu mirada confortable sobre mis rostro, sentir la tibieza de tus dedos acariciar mi cabello y hundir mi rostro entre tu pecho a tal grado de ver tu alma a los ojos y, en la intimidad que nos brinda el silencio preguntarle: ¿porque dejaste de amar tan fácilmente?, ¿porque me dejaste de amar tan fácilmente?



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