miércoles, 28 de septiembre de 2011

37 minutos.

37 minutos contemplándote; 37 minutos embriagándome de tu mirada, ahogándome en la profundidad de tus ojos, desbordándome de sentimientos ocultos que jamás deberían ser develados.

Tu lejanía físicamente se podría medir en unos escasos metros pero, espiritualmente un abismo nos separaba; la completa ignorancia de mi existencia, la completa indiferencia. Mi mente divagaba en la simplicidad de un beso mas tu mirada creaba un abismo inmortal entre nuestras almas, y contemplando la virtud de tu rostro no imagine mas bello ser sobre esta tierra. La vida se arrodillaba ante tus pies, la muerte parecía prácticamente inexistente en tu persona; una gota de miel en la amargura de la hierba que cubre el mundo entero, tan brillante y única, pero tan efímera y mortal como todo lo demás aunque nadie tuviese el atrevimiento de pensar siquiera en tu muerte.
Y mis penas se disolvían como el papel bajo la lluvia, mi vida se esclarecía desechando todo mi rededor; en esos minuto lo único existente eras tu y yo y la barrera que nos separaba. Un delirio en un mundo mortal que clama por sentirse libre de la condena, libre de la obligada muerte; y mis palabras fueron escuchadas y por unos cuantos minutos ignoré mi suerte, evite la idea de todo lo existente.

Fue un sueño corto pero apacible en el que aun encuentro regocijo al cerrar mis ojos, y reproducir aquella imagen en la obscuridad y vació de mi mente. Mas aun me pregunto, ¿cuál sera tu nombre?

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