miércoles, 31 de agosto de 2011

Perdóname.

Jamás supe lo que significa para ella la muerte, jamás entendí que buscaba en ella, lo único que comprendo es que la encontró.

Tus manos débiles y pálidas dejaban ver una tonalidad purpura, fúnebre y delirante. Una sonrisa obscura y triste se dibujaba en tus labios; en tu labio inferior una mueca de dolor, una beso escondido entre el rosado ya pálido, una lagrima que contorneaba tus bellos labios. Recuero la fuerza con la que sostenías mi mano, tan débil como tu espíritu. Y sonreía y me mentía,  me decía a mí mismo que todo saldría bien; al pasar el día imaginaba tus pasos rompiendo la luz del sol dibujando una sombra con dulces curvas en mi alfombra, te veía secando mis lágrimas con tus manos cálidas y rosadas, pero cada quien tiene que volver a su realidad, y mi realidad es solo un reflejo de la mortalidad de tu ser. Tu cuerpo tendido sobre una cama de hospital, tus manos perforadas por agujas y una máquina para respirar. Siempre me pregunte si resistías tanto dolor por mí, si deseabas irte, si deseabas darte por vencida y ser abrasada por la muerte, respirar en la paz y dejar todo sufrimiento atrás, pero solo me lo pregunte. Veía tu rostro con esos repulsivos gestos que solo da la muerte, veía esa hermosura de la que alguna vez me enamore decaer en el silencio, veía tu rostro triste y pálido, veía la muerte en el brillo opaco de tus ojos; te juro que deseaba tenerte junto a mí pero alguna vez mi mente pidió a gritos que te fueras, y cada día antes de entrar a tu habitación mis manos temblaban mientras mis lágrimas corrían lo más rápido que podían por mi mejillas; sentía el frio contrastar con la blancura de las sabanas que cubrían tu cuerpo, veía tu intento de sonrisa y respondía con la mejor que pude dibujar; y juro que mis lágrimas estaban al borde de mis parpados escondidas entre mis pestañas gritando que desaparecieras. No imaginas el dolor de verte cada mañana, de observar tu muerte con impotencia, de sentir mis lágrimas ahogarme cada noche al apagar la luz, de escuchar los gritos de mi alma que me rogaban no regresar jamás, no imaginas el sentimiento que se alojaba en mi garganta y me impedía hablar; solo escuchaba tus promesas de un futuro que ambos sabíamos jamás iba a llegar.  

Y las hojas de otoño caían una a una, tonos dorados y obscuros, un amarillo mezclado con café; recuerdo el crujir de cada uno de mis pasos, el frío acogedor de la tarde; recuerdo aun entrar por esa puerta fría al contacto, recuerdo las miradas indiscretas de los presentes, recuerdo a una mujer apoyar su rostro en el pecho de un hombre y como las lágrimas de este humedecían el cabello castaño de la desconsolada mujer; recuerdo los gritos y sollozos de una madre frente a la pared; recuerdo las palabras de un hombre con bata blanca a un par de adolescentes, recuerdo sus caras atónitas llenas de dolor. Y mis pasos se detuvieron frente a la puerta de tu habitación, una persona toco mi hombro y sentí alivio. Lamento admitir que mi alma sintió paz; sus palabras ciertamente ya no eran necesarias. Una lágrima tras otra. Perdóname si parece insensibilidad pero ambos sabíamos que sucedería; esperaba que fuera de la manera más hermosa, la más delicada y dulce que la vida te pudiera regalar. Rogaba a Dios que me perdonara por no sostener tu mano mientras tu aliento se escapaba; siempre supe que tu entenderías amor, siempre supe que tu tenías cuenta de cómo mi luz se apagaba, de cómo mi fe decaía, de cómo mis esperanzas se reducían a solo cenizas, y ciertamente no quería que observaras el reflejo de tu muerte en mí, no quería que vieras tu rostro fúnebre y delirante. Sabía que sufrirías como yo, porque amor mío, llegue al límite donde el alma se materializa en delicado cristal y cae al suelo convirtiéndose en polvo, polvo que el aire de invierno se llevó y aquí solo queda de pie un cuerpo vacío suplicando misericordia, suplicando solo tener un un poco de fe.

jueves, 25 de agosto de 2011

Niña.

No puedo explicar todo lo que siento, no puedo siquiera escribir todo lo que pienso, y mientras mas mi mente escarba entre la incertidumbre de mi alma descubro que no soy nadie, que mi amor ha sido un misterio, que mi vida no refleja nada que no sea tu cuerpo,  soy solo un deseo que se alimenta de tu sonrisa, de lo bien que la vida me pueda tratar.

No se trata de lo bien que lo explique, de lo bien que lo pueda demostrar, jamás lo entenderé: es el tiempo a tu lado, los segundos en que nos besamos, es la vida que compartimos, es el día en que nos enamoramos, son las cosas que nos dejan decir que todo lo he hecho fue hecho bien y por mas mal que suela resultar todo momento valió la ausencia de libertad; cada dolor solo fue el pago de la felicidad que obtuvimos ayer... recuerda que no hay nada eterno en la vida de un mortal.

jueves, 4 de agosto de 2011

Un día...


Un día lloraste de pie junto a la ventana rogando a la Luna jamás despertar, un día rogaste por un nuevo amanecer, y ella lo concedió.

Y aconteció que un hombre dulce abrió tu puerta y despertó aquella alma dulce y amorosa que mantenías oculta bajo la cama. El te tomo entre sus manos, beso tu mejilla y comenzaron a bailar. Sus pies se coordinaban con la gracia de las flores al danzar con el aire, tus manos y las de él cruzaron, sus dedos uniéndose bajo la palabra eternidad, el mundo no giraba mas, el tiempo se detuvo y la luz no dejo de brillar.

Un día despertaste y el mundo brillaba tanto a tu alrededor que te comenzó a cegar; aquel hombre  tenia dulce voz y solo su sonido dejaste entrar, todas las voces callaron para ti ante el, solo existía una realidad y era la que emanaban sus labios. No dudo que lo hayas notado, pero tu alma se esclavizo ante el amor.

Y después que callo la tarde el príncipe cambio su tono, su voz grave llego hasta tus oídos y raspo su imagen; entre sus ojos azules no se reflejaba ya la ternura y el amor, se opaco el brillo de esa hermosa mirada. Se levanto de aquel pedestal y arranco las cortinas que cubrían al verdadero sol y con la verdadera luz su brillo se opaco, acaricio tu rostro pero sus manos eran ásperas, aquel viejo recuerdo se disipo con la realidad, el velo se callo demasiado rápido y no lo pudiste asimilar.

Y nuevamente tu rostro se postro sobre la frialdad del marco de la ventana, tus ojos se fijaron a la obscuridad del cielo y, no había mas Luna a la cual rogar. Las estrellas tan calladas como siempre solo te vieron con compasión y en el largo camino de nuestros sueños descendió él hasta caer en la suavidad del mar; su intensa luz ilumino todo tu rededor mas tus ojos no lastimo, y con gran suavidad se acerco a tu mejilla y te beso. A tu oído revelo el secreto de que el amor jamás llego; te recostó entre sus brazos y con fuerza te hundiste en su pecho, tus lagrimas no dejaron de brotar.

Al huir la noche de los rayos del sol despertaste hundida en la arena abrazada de un pequeño montículo de ella, tus lágrimas aun seguían marcadas en el suelo, el sol acariciaba tu espalda y tus ojos no pudieron volver atrás; tu realidad se desintegro, tu mundo no era real.

Y aconteció que un día una bella mujer caminaba por una vieja ladera, sin rumbo, sin ninguna conciencia del mundo, y todas las tardes paseaba a orillas del mar dejando acariciar por la espuma sus pies descalzos. Jamás encontró el camino de regreso, jamás encontró su vieja verdad, aquella donde el paraíso se hizo realidad.